*Durante más de 15 años, Mabel trabajó tierras prestadas, criando a sus hijos y resistiendo el abandono, sin dejar de luchar por un lugar propio donde sembrar su vida. La tierra que hoy cultiva no es solo un terreno, representa estabilidad, dignidad y la posibilidad de dejar atrás años de incertidumbre y empezar un nuevo camino.
En Peñoncito, es un alejado y caluroso corregimiento del municipio de San Zenón, sur del Magdalena, allí el tiempo pasa a otro ritmo, y parece alterarse con el ruido de las motos que cruzan los caminos polvorientos como si huyeran de la realidad que se vive. En medio de todo ello está Mabel Delgado de Arévalo, una mujer que aprendió a resistir cuando la vida decidió ponerla a prueba una y otra vez.
Ella, hoy tiene 53 años, pero su lucha comenzó cuando aún era una adolescente. Su rostro guarda las huellas de las dificultades, pero sus ojos —firmes, encendidos— cuentan otra historia: la de una lucha que nunca se rindió.
Durante más de quince años, doña Mabel persiguió un mismo sueño: tener un pedazo de tierra propio. No era un capricho. Era una necesidad. Una forma de sobrevivir. Una apuesta ante el esfuerzo diario.
Su historia no empezó en la tierra, sino en la ausencia.
Se casó joven, como tantas mujeres en los pueblos del Magdalena, creyendo en la promesa de un hogar estable. Pero esa promesa se rompió pronto. Su esposo la abandonó mientras estaba embarazada de su segundo hijo. Se quedó sola, con un niño pequeño y otro en camino. Y como si no fuera suficiente, el mayor fue diagnosticado con microcefalia.
Y la vida la retó: Criar, sostener, resistir, respirar y avanzar. Hacer de la precariedad una rutina. Convertir el miedo en fuerza. “Dios no me abandona”, repetía, como quien se aferra a la última tabla en medio del naufragio.
Pasaron los años. Diez, exactamente. Y Mabel volvió a intentarlo. Se dio otra oportunidad en el amor, con la esperanza de que esta vez fuera distinto. Pero el alcoholismo de su nueva pareja terminó por desmoronar lo que apenas empezaba a construirse.
Otra vez sola. Otra vez de pie. Pero ya no era la misma mujer.
La necesidad de sostener a su familia la empujó a trabajar la tierra, aunque no fuera propia. Durante años, Mabel Delgado —como muchas otras mujeres de Peñoncito— sembró en terrenos prestados o arrendados. Sembraban maíz, patilla, guineo. Cosechaban, vendían… y luego tenían que irse.
“Era como construir castillos de arena”, dice. “Nunca sabíamos si al año siguiente podríamos seguir cultivando”.
Esa inestabilidad no solo afectaba el bolsillo. También golpeaba el ánimo. La incertidumbre constante, la imposibilidad de proyectarse, de echar raíces.
Fue entonces cuando esta berraca campesina, dejó de pensar solo en su caso y empezó a mirar a su alrededor. Descubrió que su historia no era única. Era colectiva. Madres cabeza de familia, campesinas, mujeres que habían cargado con todo: la crianza, el trabajo, el abandono, la pobreza. Todas compartían el mismo problema: no tenían tierra.
Y entonces se alzó la voz
Con el tiempo, se convirtió en líder. No por elección, sino por necesidad. Empezó a organizar a las mujeres, a insistir ante las instituciones, a tocar puertas que muchas veces no se abrían.
“Le pedía a Dios todos los días que el gobierno se acordara de nosotras”, recuerda.
Fueron años de insistencia silenciosa. De trámites, de promesas incumplidas, de esperas largas. Demasiado largas.
Hasta que un día, la respuesta llegó.
La entrega de tierras en el sector de Santana cambió la historia.
Mabel fue incluida entre las beneficiarias. Junto a ella, otras mujeres y algunos hombres que también habían resistido durante años. En total, quince personas que hoy ya no dependen de la voluntad de un arrendador. “Por fin tengo mi pedacito de tierra”, dice, y la frase suena simple, pero encierra toda una vida.
Porque esa tierra no es solo un terreno. Es estabilidad. Es futuro. Es justicia tardía. Es la posibilidad de sembrar sin miedo a que todo desaparezca al final de la cosecha.
Ahora, Mabel y su grupo proyectan lo que siempre supieron hacer, pero nunca en condiciones propias. Sembrarán maíz, patilla, melón, guineo. También impulsarán la cría de cerdos y gallinas ponedoras.
No están empezando de cero. Están empezando, por primera vez, en lo suyo. “Esto es lo que sabemos hacer”, afirma. “Pero ahora lo hacemos con tranquilidad”. Esa tranquilidad de saber que nadie las va a sacar. Que el esfuerzo se queda. Que el trabajo construye.
La historia de Mabel Delgado de Arévalo no es excepcional en Colombia. Por el contrario, es profundamente representativa. Habla de una ruralidad marcada por el abandono, pero también de una resistencia que no se quiebra.
Habla de mujeres que han sostenido territorios enteros sin reconocimiento. Habla, sobre todo, de lo que significa la tierra en un país donde tenerla —o no tenerla— define la vida.
En Peñoncito, ese pequeño punto olvidado en el mapa, hoy hay algo distinto. No es solo la entrega de unos predios. Es el inicio de una transformación silenciosa.
Cuando la protagonista de esta historia, siembre la primera semilla en su parcela, no está iniciando solo una cosecha. Está cerrando una historia de despojo y abriendo otra: la de la dignidad sembrada en tierra propia. Y esta vez, las raíces —como su lucha— no serán arrancadas.