*Junto a Álvaro Rojano se escribe esta nota que sin duda al ver la historia en redes sociales y los medios nacionales nos trae demasiados recuerdos.
Aunque el tiempo ha pasado cerca de 21 o 20 años recuerdo que en nuestra tarea de periodistas fuimos al municipio de Pivijay llegamos invitados por la Defensoría del Pueblo se estaba en pleno proceso de entrega de los capos del paramilitarismo y en la Plaza de los Gallos habría un evento donde el principal actor sería Rodrigo Tovar Pupo Alías ‘Jorge 40’.
Se decidió que fuera Pivijay porque allí estaba al mando de su estructura el hombre más leal, sanguinario y todopoderoso del área centro y norte del Magdalena, se trataba de un hijo del territorio, Saúl Alfonso Severini Caballero Alias ‘Monosabio’ y jefe del frente Pivijay. No recuerdo si Saúl habló en la tarima, si hay chispazos de lo dicho por 40, habló del poder paramilitar “somos un Bulldozer que barre todo llega y hace cumplir la ley”, muchos de los presentes mujeres en especial, los miraban como verdaderos ídolos no se si por temor o admiración.
Y también recuerdo la expresión de la Defensora del Pueblo de ese entonces Liceth Peñaranda Peña: “periodistas no se si quieren en medio de esta calor tomarse un refresco y dejamos de escuchar a estos señores que hablan como si fueran dioses a partir de su poder violento”.
El nombre de Saúl Severini en su tierra Pivijay, Fundación, Aracataca y El Retén, era el símbolo del miedo, del poder de las armas y la violencia extrema, nunca antes ni después, ha existido un hombre violento tan sonoro como él en la región.
A Saúl Severini lo volví a ver unas dos veces más, ya en el Palacio Tayrona cuando gobernaba Trino Luna Correa, era muy fácil notar su presencia, era impresionante como se le acercaba la gente, políticos, gente del común a comentar cosas, a hacer peticiones, hablaba fuerte como para que todos escucharan y siempre en plan de dar órdenes, uno notaba que lo hacía como si él fuera el gobernador.
Muchos años después cuando sino dicen que ese es Saúl Severini uno no lo hubiese reconocido, Álvaro Rojano, el hijo de Pedraza, municipio ribereño donde el golpe paramilitar también se hizo sentir escribe
“Una de las imágenes que muestra el canal Caracol en el día de hoy, es la de un hombre de entradas prominentes, que luce unas gafas y avanzada edad, y que llora clamando por la vida de sus hijos.
Es Saúl Severini Campo, quien desde los tiempos del paramilitarismo que sembró el terror en Pivijay y en parte del Magdalena, muestra un rostro humano. Lo hace pidiendo clemencia por la vida de sus hijos.
Esa expresión contrasta con la mirada fría y el rostro de inclemencia que lucía en aquellos tiempos en que políticos, ganaderos, empresarios, comerciantes y ciudadanos del común lo reverenciaban por el poder sanguinario que representaba. Para entonces lo llamaban “Señor”.
En la imagen muestra dolor. Dolor que se convirtió en llanto con la súplica ante la JEP del amparo del derecho a la vida de sus hijos. Ese mismo derecho que, para otros seres humanos, en sus manos no fue más que un mero enunciado de un libro —la Constitución— al que nunca prestó atención, porque él representaba la ley que el paramilitarismo impuso con sangre.
Severini llora por la incapacidad de proteger a sus hijos, como sí podía hacerlo cuando, intocable, formaba parte importante de un aparataje militar, político, económico y social que se apropió del Estado y brindaba “seguridad” a sus financiadores.
El sufrimiento del otrora señor es el mismo de las familias a las que, con su poder de ordenar quitar la vida, desplazar y desaparecer, le arrancó a uno o varios de sus miembros. Hoy llora, pero ayer, en sus tiempos de poder absoluto, le era indiferente que otros lo hicieran.
Sin lugar a dudas, el llanto de Severini es el de un hombre vencido por sus circunstancias. El de un hombre que creyó que el poder era para toda la vida porque era violento, así como la historia misma de nuestro país.
Sin embargo, no por eso sus hijos desmerecen la solidaridad de todos los ciudadanos.
Saúl clama por una segunda oportunidad en la tierra para su descendencia. La misma que, como señor dueño de la vida y de la muerte, y como Estado, negó a todas sus víctimas”.
Finalizó diciendo también que recuerdo aquel titular de El Heraldo tras una crónica escrita por Agustín Iguarán luego de la matanza en Nueva Venecia Sitio Nuevo…” Nos mataban como pájaros”. La expresión de un sobreviviente de la masacre de aquel día triste donde aún no se sabe cuántos pescadores murieron, pero fueron más de 45 y cuya orden de fusilamiento la dio Saúl Alfonso Severini Caballero Alías ‘Monosabio’.