*Hay pueblos que aprenden a medir el tiempo por las cosas que esperan.
El Retén esperó mucho. Algunas esperas llegaron, otras se quedaron viviendo por años solo en la palabra. Tanto, que ya no se creía. Hasta que se vio. Por eso cuando volvió a hablarse de un palacio, la noticia encontró primero dudas. No era extraño. El pueblo había vivido durante años en las mentiras y el abandono. Pero por la puerta se asomaba otra forma de hacer las cosas.
«No, no, no, uno ya no cree hasta que lo vea. Prometen, prometen y no cumplen», dice una voz de esas que han visto pasar todos los inviernos. Y entonces ocurrió lo único que podía cambiar aquella conversación: empezaron los hechos.
El barro dio paso a los pilotes. Las varillas se levantaron como esperanza. El pueblo, que iba a pie con los zapatos sucios sin saber a dónde ir, empezó a detenerse frente a una obra que crecía delante de sus ojos. «Yo al principio no le creí, pero al ver la construcción del palacio, ese es mi alcalde», confiesa una retenera.

«Yo he visto pasar muchos años, pero nunca había visto una obra así. Con esta construcción crece la comunidad, crece la gente y se beneficia el pueblo», dice otro, con la voz quebrada de quien por fin se siente visto.
Lo que había sido una conversación empezó a materializarse. Ya no había que imaginarlo. Estaba ahí, blanco y moderno, de cinco pisos, rompiendo el cielo de tejas oxidadas del centro. “Desde aquí vemos el mar y la montaña”, le decía Máximo el hijo menor a su papá el alcalde Jesús Galindo.
Un edificio que no es solo cemento. Es dignidad.
Es el Centro Administrativo Municipal de El Retén, una obra pensada no para una administración, sino para cincuenta, sesenta, setenta años. Pensada para el futuro. Para los 24 mil habitantes que ya no son el pueblecito de hace muchos años.

«Yo quisiera que sintieran lo mismo que yo siento: orgullo y un sentimiento que me llena el alma de saber que esto está en El Retén y no está en Santa Marta. Después de tantos años, ahora sí da gusto decir esto es Retén». Dice la gente en video.
Así lo siente el comerciante, el mototaxista que lleva la gorra de «Jesús Galindo Alcalde», la niña que patina en la pista, la tendera de la camiseta amarilla de Colombia.
El alcalde Jesús Galindo lo explica sin discurso, con las manos: «No hay que olvidar que este municipio tiene 24 mil habitantes. Ya no es el pueblecito de hace muchos años donde la gente venía y se ensuciaba los pies de barro. Hay que estar a tono con la modernidad y darle cosas buenas al municipio, pero pensadas para el futuro. Esto es un edificio pensado para el servicio de los reteneros, pero con una visión de futuro. Que no nos conformemos con lo que nos quieran dar. No nos conformemos con pensamientos pequeños. Que si el entorno mejora, la gente que vive alrededor mejora». Afirma.

El progreso dejó de ser solo una obra. Se volvió orgullo. Ganas de estudiar, de emprender, de mejorar lo propio. «Si El Retén sigue progresando yo quiero crecer aquí. Entonces yo moriré en mi Retén del alma». Esa frase, dicha por un anciano de camisa azul que ha visto pasar todas las alcaldías, lo resume todo.