*Padres sorprendieron a 101 graduandos en el coliseo Lenis Molina con fotografías gigantes de su infancia, cajas de recuerdos y cartas que les llegaron al alma.
No era un evento más. No era una izada de bandera, ni un ensayo, ni una reunión. Era una despedida disfrazada de sorpresa. Cuando los 101 estudiantes de grado 11 de la Ciudadela Educativa COOEDUMAG entraron al coliseo Lenis Molina, el silencio se rompió en suspiros, risas nerviosas y llanto.

Frente a cada uno de ellos, en tamaño real, estaba su yo de niño esperándolos. Ahí estaba el niño de 3, 5 o 5 años con su primer uniforme, con su morral más grande que él. Ahí estaba la niña disfrazada de reina, de princesa, de doctora. El niño vaquero, el policía, el rey, el príncipe. Todos ellos, quietos en una fotografía gigante, como si el tiempo se hubiera detenido para decirles: “Mira hasta dónde has llegado”.

Fue un sentido homenaje organizado con amor, con secreto y con muchas noches sin dormir por los padres de familia. Ellos sabían que sus hijos estaban a punto de cerrar el capítulo más importante de su vida escolar, y querían que no se fueran sin antes volver a abrazar su infancia.

Y no solo estaba la foto. A los pies de cada imagen había una caja de sorpresas. Una caja que parecía pequeña, pero que guardaba una vida entera. Al abrirla, los jóvenes encontraron fotografías amarillentas de cuando gateaban, de su primer cumpleaños, de su primer día de clases. Encontraron cartas de sus padres, de sus hermanos, de sus abuelos. Cartas escritas con el corazón, donde les auguraban un futuro grande, donde les decían cuánto los amaban, donde les pedían que nunca dejaran de soñar.
Encontraron también sus juguetes de infancia: dragones, carros, muñecas, peluches que alguna vez fueron sus mejores amigos. Encontraron sus diplomas de grado de jardín y de primaria, esos primeros logros que hoy parecen pequeños, pero que en su momento fueron gigantes. Las cartas provocaron lágrimas. No hubo uno solo que no llorara. Una foto con el abuelo que ya no está, un abrazo fuerte que duró más de lo normal, un recuerdo genuino que les apretó el pecho.

Porque en esas cajas no había cosas, había vida. Había noches de tareas, madrugadas, fiebres, cumpleaños, regaños, perdones y mucho, mucho amor. Padres orgullosos, con el celular en una mano y un pañuelo en la otra. Hijos emocionados, buscando entre las fotos a ese niño que fueron y que todavía vive dentro de ellos. Profesores contentos, viendo cómo esos niños que entraron temblando a transición, hoy salen convertidos en bachilleres.

No faltaron las palabras de agradecimiento a Dios, al colegio, a la rectora Ludys Rhenals, el cuerpo directivo y a los profesores. Porque detrás de cada graduando hay una historia de esfuerzo, de sacrificio, de familias enteras que madrugaron, que trabajaron, que oraron para verlos llegar hasta aquí.
Fue un momento de muchas emociones, abrazos y recuerdos. Abrazos entre padres e hijos que parecían no querer soltarse. Abrazos entre compañeros que saben que quizás esta fue la última vez que estuvieron todos juntos en un mismo coliseo. Abrazos que decían: “Lo logramos”.

Cuando terminó el evento, nadie quería irse. Todos se quedaron mirando una vez más su foto de niño, guardando su caja como un tesoro, tomándose la última foto con su yo de 4 años. Porque este día, en el coliseo Lenis Molina, no solo se celebró la víspera de grados. Se celebró la niñez, la familia, el amor y el camino recorrido. Un gran evento que quedó grabado en el corazón de los padres y en el alma de los alumnos. Un recuerdo que, cuando pasen los años, ellos van a abrir de nuevo y van a decir: “Ahí empezó todo”.
