Por: Carlos Ramos Maldonado*
*Del lenguaje al geolecto: una “Torre de Babel”. La Santa Inquisición y las herejías coloniales. De todas formas, la “lengua madre” es la más rica lexicalmente.
Desde los tiempos iniciales del lenguaje humano, las metamorfosis fonéticas y textuales de la comunicación han sido influenciadas por circunstancias geográficas –teorías del determinismo, por un lado- y el poder social –teorías del posibilismo, por el otro-. Sobre ese eslabón perdido en la “transformación material o espiritual hacia el homo sapiens”, que incluye el origen o edad precisa de la locución (entre lexemas, morfemas y grafemas) como artificio humano, no hay precisión, a pesar de los esfuerzos metafóricos e hipotéticos de Moisés, Hegel, Darwin, Saussure y Habermas, entre otros.
Los científicos calculan en 2.5 millones de años atrás ese tránsito entre el lenguaje corporal u onomatopéyico y las formas verbales lexicales, semánticas y sintácticas de comunicación (por la interacción de tres sistemas adaptativos diferentes: aprendizaje individual, transmisión cultural y evolución biológica), es decir, palabras en lugar de meros sonidos no articulados ni discursivos.
Se dice para la cultura del mundo occidental, que llaman “civilizado”, que el origen de los tiempos del lenguaje fue circunstancial en varios lugares, según las diferentes mitologías, casualmente en dintornos ricos por su naturaleza: Mesopotamia, África meridional y septentrional, China e India, de buena agrupación tribal todas.
Y el primer castigo por concentración y/o dispersión del habla según la literatura hebraica fue la Babel del Shinnar, y de ahí, tiempo después, los imperios sometían a los pueblos dominados dictaminando sus costumbres e ideales políticos, religiosos o lingüísticos, ya inventada la escritura apenas en los albores del sexto milenio a.C.
Cuando la degradación del poderío romano, del latín vulgar o común de la gente que migró al Poniente (occidente de Europa), Francia e Iberia, surgieron las lenguas “a las formas romanas” o romances, que se asentaron en la región mediterránea de Provenza, y de ahí su expansión a Castilla, en el centro de España.
Es de recordar que los reinos de León y Castilla, y posteriormente Aragón, lograron casi reunificar el país tras la expulsión de los árabes que habían invadido el territorio cuando la caída del Imperio Romano, e impusieron el castellano como idioma oficial de España, cercano a los mismos tiempos de la invasión a la América, de la que se apropiaron de gran parte continental e insular desde la Nueva España (Antiguo México y las Antillas Mayores) hasta la Patagonia, excluyendo Brasil y varias islas de las Antillas Menores.
Primer mapa moderno de América Latina, que incluía gran parte de la hoy
América Anglosajona (Edición del Terrarum Orbis de Abraham Orteluis)
El español latinoamericano y el inglés anglosajón
En el continente americano, con la llegada de los europeos, se posicionaron varias formas de lenguas, pero principalmente anglosajonas, en el Norte y algunas islas (de ingleses, franceses y neerlandeses), y latinoamericanas, en el Centro continental y antillano, y el Sur, donde llegaron franceses, portugueses y españoles.
Y con la dominación europea se produjo el exterminio idiomático en el territorio que ellos llamaron de ultramar: cercenaron el habla indígena en casi su totalidad e impidieron que los africanos traídos como esclavos se entendieran en su propios lenguajes y dialectos, todo con el visto bueno de la iglesia católica y su Santa Inquisición que calificaba de herejía el no hablar socialmente en castellano, sentenciando a los sumos resistentes a la horca, a la hoguera o a la guillotina.
Aunque toda esa combinación lexical en Latinoamérica de origen castellano (hebreo, grecolatín, morisco, entre otros), más el africano y el indígena, incluso, con aportaciones etimológicas anglosajonas, han generado unas lenguas dentro del mismo español diferentes en cada país, además con dialecto, coloquio y acento propio, de acuerdo a las subregiones culturales (geolecto), de tal manera que en su uso se deben respetar esas características peculiares, a veces llamadas vulgares.
Así que cuando se calenda el Día del Idioma, no es solo para reconocer las magnas obras de los más excelsos escritores de las lenguas occidentales (el español Miguel de Cervantes Saavedra –“El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”- y el inglés William Shakespeare –“Romeo y Julieta”-, fallecidos uno al día siguiente del otro: abril 22 y 23 del año 1616, respectivamente), aunque, lejos, el primero lleva el record del libro literario más vendido de la historia en todos los idiomas, más de 500 millones de ejemplares (no entra la Biblia, por supuesto), y teniendo en cuenta que el inglés es el idioma más hablado y escrito en el mundo, quedando el español en el cuarto lugar, después del chino mandarín y el indostánico, antes del francés y el árabe. Sino, además, para reflexionar sobre este proceso evolutivo de imposición, aceptación o defensa de la lengua que la historia y sus adversidades nos han puesto en el camino.
Pero, claro, el inglés es el de mayor uso en la actualidad por las imposiciones neocoloniales, no solo de Inglaterra que hace rato tiene el dominio de la Commonwealth, sino de Estados Unidos y sus organizaciones satélites, entre ellas la OCDE y su programa PISA, que acuerda y obliga el aprendizaje en casi todos los sistemas educativos del Tercer Mundo, del idioma inglés como otra forma de inquisición: -Si no hablas inglés, no te gradúas.
En comparación con el inglés, el español es el idioma más diverso y rico lexical y semánticamente (con mayor número de acepciones), además de su variado juego sintáctico, con un registro oficial en la RAE de 93.000 palabras en promedio, mientras que el inglés registra básicamente 20.000, sin tener en cuenta la cantidad de usos dialectales de raíces diferentes, por la extensión de sus dominios.
*Carlos Ramos Maldonado: Comunicador Social – Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, docente universitario, escritor, exconcejal de Barranquilla, exrepresentante a la Cámara de Representante.