Por: Álvaro Rojano Osorio*
La casa de Dilia Medina Santander fue por muchos años el alojo seguro de los pedraceros que viajaban a Barranquilla para adelantar diligencias o de que fueron a domiciliarse en esa ciudad. Dilia los recibía con una sonrisa espléndida y con un «bienvenido a mi casa, que en ella cabemos todos». Juancho Fraile (como lo llamaban porque su apellido era Freyle), también, también hacía parte del comité de bienvenida. Él, su compañero permanente, se constituyó en su complemento perfecto, el soporte para que ella no dejara de ser la mujer hospitalaria que siempre fue.
Pero la historia de la hospitalidad de Dilia Medina comenzó cuando en los años cincuenta se mudó de Pedraza para Barranquilla, donde habitaron en una casa de tablas cerca del estadio Moderno, bordeando el arroyo de Rebolo. Allí inició la historia de su vida como persona servicial, que se desarrolló por cerca de cincuenta años, y a los primeros a los que les brindó un espacio en la vivienda fue a los hermanos de Juancho.
Después, la familia se mudó para la calle 45 entre carreras 19 y 20, casa en la que parecía que nunca cerraba la puerta que daba a la calle, pues siempre entraban y salían familiares de la pareja y paisanos de ella. Entre sus familiares estuvieron las hermanas Ruiz, Santander, Blanca, Nelly y Teresa. Fue en esa vivienda donde Alfonso de la Rosa y Blanca se ennoviaron y luego se casaron.
De esa casa queda una fotografía en la que aparecen los novios Nelly Ruiz y Enrique Simmons. Foto en la que Simmons escribió una dedicación que César Tulio Fonseca Santander aún recuerda: “El amor de mi vida eres tú, Nelly. Tú fuiste quien encendió la antorcha de mi existir. Tuyo: Enrique.”
Para cuando Juancho y Dilia se mudaron a una vivienda ubicada en la calle 35 con carrera 17 y 19, ya habían nacido los tres hijos de la pareja. En ella habitaron, entre otros familiares, el hermano de ella, Tulio Medina Santander, y su sobrino César Fonseca, siendo aún un mozalbete estudiante de bachillerato. Ni a ellos ni a otra persona, jamás Dilia les pidió contribución económica alguna a cambio de su estadía y alimentación.
El espíritu solidario de Dilia impulsó la modificación de la casa ubicada en el barrio La Unión, pues inicialmente fueron edificadas dos habitaciones, pero en la medida en que más pedraceros y de otros lugares del país llegaron a visitarlos o establecerse, se hizo necesario un mayor espacio para alojarlos. Fue cuando construyeron dos cuartos, uno extendiendo la vivienda y el otro, en el patio. Sin embargo, pese a los nuevos espacios, lo usual era que colchones y colchonetas se desparramaran por el piso de la sala comedor. Para entonces, en ella vivían entre 17 y 20 personas de manera permanente.
Dilia recibía a todo el que llegaba con una expresión sincera, con una sonrisa de alegría y preguntando si había desayunado, almorzado o cenado. Y si la respuesta era negativa, le servía comida como si tuviera una varita mágica para brindarle comida al pasajero.
Una tarde, mientras conversaba con Amparo Osorio en la puerta de su vivienda, vieron acercarse a su paisano Sergio Barraza, Manatí. Eran las cuatro de la tarde y el último bus hacia Calamar ya había partido. “Dilia, ahí viene Manatí, ¿y dónde lo vas a ubicar si todas las camas están ocupadas?”, preguntó a Amparo, mientras lo observaba llegar. “No te preocupes”, dijo Dilia levantándose de la silla para saludarlo con una sonrisa afectiva.
En la noche, Dilia mandó a buscar una puerta de madera que estaba en el patio, la acomodó de manera horizontal sobre varios taburetes, la cubrió con sábanas y la acomodó como cama para el visitante. Manatí, agradecido, jamás se le olvidó ese detalle.
Su vivienda también fue lugar de encuentro de parranderos, aunque ella jamás consumió licor, pero sí patrocinaba las acciones de los intervinientes de la juerga. Ovidio Osorio, César y Carlos Rojano, además de la ingesta alcohólica, acostumbraban a tomar una o dos gallinas del gallinero que ella tenía en el patio, y después del sancocho, le pagaban el valor de las aves de corral.
Dilia murió, en 2015, a los ochenta y ocho años de edad, feliz de haber servido a su familia, a sus paisanos y a personas de otros lugares del país. Falleció rodeada de su familia y recordada por todos los que supimos de sus calidades humanas.
