Por: Luis Vives González
Amar a nuestra tierra es una forma de vida. En Santa Marta, ese amor se respira en cada amanecer que pinta de naranja la Sierra, en cada ola que acaricia nuestras playas, en cada historia que nos recuerda que fuimos la primera ciudad fundada en tierra firme del continente. Al conmemorar cinco siglos de existencia, no solo celebramos una historia rica en cultura y resiliencia, sino que también nos enfrentamos al deber de repensarnos como ciudad y como sociedad.
Hemos atravesado momentos complejos, sí, pero siempre con la frente en alto y la honestidad como faro que nos guía. Nos ha tocado defender lo esencial en medio de desafíos políticos, ambientales y sociales, pero seguimos creyendo que es posible construir una Santa Marta distinta. Una Santa Marta que se inspire en sus raíces, pero que no se quede anclada en el pasado.
Este aniversario histórico debe ser mucho más que una celebración. Es la oportunidad para trazar un nuevo rumbo. Uno que nos lleve a consolidar una dirección común que trascienda colores políticos y personalismos, y nos permita avanzar en la solución real de nuestras problemáticas urbanas, sociales y ambientales.
Soñar no es ingenuo; es una necesidad. Pero soñar sin ejecutar es una falta de responsabilidad con el futuro. Ha llegado la hora de pasar de los discursos a las acciones, de las intenciones a los grandes hechos. Necesitamos soñar en grande, sí, pero ejecutar con seriedad, visión y carácter.
Santa Marta debe enfrentar con determinación sus retos más urgentes: garantizar el acceso al agua, proteger sus ríos, mejorar la recolección de basuras y devolverle a la ciudadanía parques y espacios públicos que cultiven el encuentro, la salud y el amor por la naturaleza.
Esta ciudad merece un aeropuerto internacional a la altura de su belleza y potencial turístico, un gran centro de eventos que dinamice la economía y nos posicione como un destino de cultura, negocios y creatividad. Merece también proyectos simbólicos y productivos como el Parque del Banano y el Centro de Ferias Agroindustriales, que reconecten a Santa Marta con el Magdalena Grande, generando empleo, sentido de pertenencia y desarrollo sostenible.
No podemos seguir viéndonos como una ciudad pequeña de paso. Debemos pensarnos como lo que somos y podemos ser: la gran capital del Caribe colombiano, el corazón del Magdalena Grande, el punto de encuentro entre historia, biodiversidad y futuro.
Hoy más que nunca, Santa Marta nos necesita unidos, decididos y enamorados de su destino. Que estos 500 años sean el comienzo de un nuevo compromiso ciudadano, una alianza profunda entre el liderazgo, la gente, el sector privado y el amor por esta tierra. Que nuestros sueños no se queden en palabras, sino que se transformen en obras que perduren, que inspiren y que nos llenen de orgullo.
Como lo dice Carlos Vives: “Yo me quedo en Santa Marta”… Y no solo me quedo: la creo, la cuido y la construyo cada día.
Que Dios bendiga nuestra ciudad, que bendiga a quienes la amamos de verdad, y que nos dé la sabiduría, la humildad y la voluntad de hacer realidad el futuro que esta tierra, y su gente, tanto merecen.